Por María Helena Ripetta
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No le dice mamá cuando se refiere a ella, pero recuerda que tampoco le decía así antes de que ella envenenara a sus tres amigas. Se refiere a ella como "Yiya" y así la llamaba cuando la tenía enfrente Martín Murano, su único hijo.

"Nunca recibí amor de ella. Me llevaba a desayunar con sus amantes y me decía ‘no le digas a tu padre’. Yo me enteré que tengo como 20 padres, a todos les decía que yo era su hijo para sacarles plata", dice a Crónica Martín, que es doble de riesgo, sabe tres artes marciales, tiene un refugio para perros y vive en Mar del Plata. A mis 12 años se la llevaron detenida a Yiya de su casa acusada de asesinar a dos amigas y una prima. "A mí años después me lo confesó, me dijo que las había matado. A la Justicia se lo negó. Me dijo que el veneno estaba en los saquitos de té y no en las masitas", relata Martín.

"También me dijo que no era el hijo biológico de mi padre. Pero no me importa, mi viejo fue, es y será Antonio Murano. El me lo preguntó poco antes de morir por qué Yiya se lo había dicho, yo le dije que era mentira, que era su hijo", dice Martín que todo el tiempo se refiere a su padre con mucho afecto y respeto.

"Yo creo que fui un error, si mi madre se hubiera cuidado con sus amantes no estaría acá. Después supe quién era mi padre biológico, es una persona muy conocida del ambiente financiero, pero prefiero preservar su nombre, tiene tres hijos, tuvo una relación larga con Yiya, pero cuando ella fue presa desapareció. Años después me lo crucé en una reunión de trabajo. Me acerqué y le pregunté si sabía quién era, le digo ‘soy Martín Murano, tu hijo’. Se dio media vuelta y se fue. Ahora ya murió", sostiene Martín, que escribió "Mi madre, Yiya Murano", para "diferenciarse" , que se sepa "quién es quien", "Yiya fue mi vehículo a la vida pero nada más".

De cuando era chico recuerda a "Yiya" diciéndole que no coma un pedazo de torta que ella había hecho, que la agarró y la tiró por el incinerador. "Yo en ese momento no entendí nada, después me di cuenta que tenía algo que nunca sabré", dice y la recuerda como antisemista, clasista. "Cuando la detuvieron, yo lo acompañaba a mi papá todos los sábados a verla a Ezeiza. Mi padre estaba enceguecido por el amor a ella, no podía ver otra cosa. Cuando yo tenía 16 años ella sale y vuelve a vivir con nosotros, pero yo no le daba bola. Cuando la condenan y va presa otra vez mi padre estaba preocupado de que yo tuviera que vivir sin mi madre, pero desde que nací vivo sin madre. Ese rol cuando era chico lo cumplía Ignacia, una señora que trabajaba en casa. Después que murió mi viejo fui una vez más a la cárcel y no la vi más hasta que salió, en un programa de televisión. No es que me reencontré, para eso tendría que haber tenido una relación, que nunca tuve", dice Martín que volcó todos sus recuerdos en el libro.

"A Yiya lo único que le importaba era la guita, valoraba a las personas por lo que tenían. No quería a nadie. Cuando la vinieron a detener yo pensé que era por estafas, pero unos periodistas nos cuentan que la acusan de tres crímenes. Yo empiezo a asociar lo que escuchaba en casa. En un mes se murieron las tres y ella muy cínica decía: ‘Cada vez que suena el teléfono es para decir que una amiga está muerta’", recuerda Martín, que, a diferencia de su madre, quiere a los animales y propone colaborar con un refugio de Mar del Plata que se encuentra por Facebook como El refugio de Mili Gonzalez.