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27 de abril de 2014

Yo estreché la mano de un santo

Una de las imágenes que sintetiza el histórico momento de la visita del Papa que hoy se convertirá en Santo, se publicó en este diario. Es la foto del aeropuerto, instante mismo en el que el pontífice polaco, Karol Wojtyla, pisa suelo correntino. Dos de sus protagonistas, hoy reviven alquella jornada.

EDUARDO LEDESMA eledesma@ellitoral.com.ar @EOLedesma UNA HISTORIA DE CUANDO JUAN PABLO II VINO A CORRIENTES Cuando en la tarde del 8 de abril de 1987 -probado el funcionamiento perfecto de todo el operativo-el mal tiempo empezó a hacerse notar, todo el Gobierno de Corrientes empezó a prepararse para lo peor: la suspensión de lo que sería, hasta hoy, el acontecimiento de fe más importante de su historia, sólo comparable tal vez con su fundación en nombre de la Cruz o con la conclusión del proyecto de Itatí, que contiene a la imagen de la Virgen. A la madruga del 9 la lluvia ya no se hizo esperar y por ello, sin poder hacer mucho pero al efecto de compartir la angustia, José Antonio “Pocho” Romero Feris, uno de los responsables de esta gran historia, citó a todo su gabinete a las 4 o 5 de la mañana a Casa de Gobierno. Montó en su despacho un centro de atención de tráfico aéreo; un servicio meteorológico precario, sin la tecnología de estos tiempos; un centro de comunicaciones vía teléfono de línea y hasta un reclinatorio para los ruegos. Tanto era el deseo de que el papa Juan Pablo II llegara a Corrientes, que cuando un respiro de la borrasca permitió la salida del avión desde el aeropuerto de Salta, donde había pernoctado el Santo Padre y todo su séquito, la alegría se hizo carne inmediatamnente no sólo en todos y cada uno de los que trabajaron en la organización del mega evento, sino también en las más de 100 mil personas que desafiaron el temporal y estoicos esperaron la húmeda llegada del polaco que hoy se convertirá en santo. “Cuando nos confirmaron que el avión estaba en camino, yo vi al Gobernador dejar escapar unas lágrimas”. Quien lo dice es Alberto Forastier, director de Ceremonial y Protocolo durante el gobierno de “Pocho”, otro de los que tuvo la suerte de estrechar la diestra del obispo de Roma, ya entonces considerado el “Mensajero de la Paz”. Por sus funciones, Forastier fue el primero en recibir al Papa y una de las personas que lo acompañó de cerca todo el tiempo que estuvo en Corrientes, que en realidad no fue mucho. Romero Feris, que era el gobernador, por razones obvias también compartió todos los minutos con el Santo Padre, pero además fue quien logró que el Vaticano destrabe la agenda papal para incorporar a Corrientes en el itinerario. La insistencia de Pocho y la mediación de monseñor Giulio Calabrese, entonces nuncio apostólico en Argentina, hicieron el resto. “Y ese acto tuvo su importancia porque Corrientes no estaba en destino. Fue la gestión de Pocho la que logró la visita, aunque con una condición: siempre y cuando el tiempo lo permitiera”, recordó Forastier. El aguacero nunca cesó, pero no fue una molestia. Para Juan Pablo II fue una bendición que le recordaría, aún con el paso de los años, su visita a este suelo recóndito pródigo en hombres y mujeres de fe.  Así, Karol Wojtyla desoyó a todos sus asesores y decidió presidir la misa central en el altar que el Invico construyó más pensando en el sol que en la lluvia en la intersección de las avenidas Independencia y Chacabuco. Fue una desazón: un reguero de paraguas y toldos improvisados. Un monaguillo rescató de donde pudo un escobillón y con ese sencillo elemento de limpieza sostenía la lona del techo para evitar que la panza que había producido el peso del agua cayera en el medio del sagrario y emparara definitivamente al Papa. La escena parece surgida del realismo mágico, pero sucedió y ante los ojos de miles de testigos presenciales y del mundo entero, que luego siguió el paso del pontífice por televisión. “La tormenta modificó todo el protocolo, pero eso nos hizo inolvidables”, dice el ex gobernador Romero Feris. A propósito, recordó que a la misa correntina asistieron sus colegas gobernadores de toda la región y hasta una delegación de la República del Paraguay, que vino a traerle varios presentes al Papa e incluso a anticipar una próxima visita suya a tierra guaraní. El obispo correntino, entoces, era monseñor Antonio Fortunato Rossi, quien después de la eucaristía recibió al Papa en la sede del Arzobispado, donde nuevamente Jose Antonio Romero Feris y su familia, fueron a saludarlo, en privado. Allí estuvo también Forastier, ambos protagonistas de esta historia y los únicos testigos a mano de una escena que se convitió tal vez en el ícono de aquella visita. La fotografía tomada por un reportero de este diario que deja ver los paraguas y la lluvia en el aeropuerto Piragine Niveyro, en el momento justo en que el papa que hoy llegará a santo posó sus pies en la llanura del taragüí. Pocho todavía se impresiona. Recuerda las gestiones hechas por su esposa en aquel momento y dice que la presencia del Papa lo “conmovió enormemente” y le causo una “sensación infinita de paz”.  No entra fácilmente en cuadro, puesto que no son muchas las personas vivas que hoy, en el mundo, ostenten este raro título de haber conocido y estrechado la mano de un santo. Así, como suena. Forastier lo piensa y refuerza su idea. Cree desde 1987 que la visita del Papa fue lo más importante de la historia religiosa de Corrientes. “Si desde entonces creo eso, imaginate ahora, con más razón”, dijo ayer, ante la inminencia de la canonización. Ambos saben de la importancia del acontecimiento. Pero una sensación extraña, casi de megalomanía, los pone en otra dimensión. Estrecharon la mano de un santo, pero ello no deja de ser una cuestión de orgullo personal. Por ello más bien hablan de la gestión y de la llegada del pontífice, concresión que aún hoy no encuentra parangón en la simbología católica correntina. Tampoco la lluvia tiene semejante. Algunos años después de aquella histórica visita, Pocho y su familia; incluso Forastier y su mujer pudieron comprobarlo. En una misa de los miércoles, en Roma, la esposa de aquel hombre del protocolo rompió todos los códigos de buena conducta y eludiendo gente se acercó hasta el Papa, que pasaba saludando.  -Santo Padre: somos de Corrientes, Argentina, bramó ante la multitud. El Papa se soprendió y levantó las manos: -¡Oh, la lluvia!, exclamó, y antes de irse la bendijo.   Fuente:www.ellitoral.com.ar

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