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OPINIÓN

16 de febrero de 2014

Golpes de mercado y democracia

Por Ricardo Forster:

"La democracia, lo he escrito en varias ocasiones, no es algo cerrado ni anquilosado que se sustenta pura y exclusivamente en el ritual (imprescindible) del voto cada dos años; es el orden de lo que está continuamente en movimiento, de aquello que tiene que lidiar con la diversidad, la multiplicidad y las desigualdades de una sociedad en estado de litigio. Como decía el teórico político Claude Lefort, la democracia es el orden que se reinventa a sí mismo, que sabe de sus limitaciones y de sus opacidades pero que también ha comprendido en profundidad lo que significa construir un espacio compartido por cuerpos ciudadanos disímiles y muchas veces en disputa. Nada más antagónico a la democracia, a su falibilidad, que los absolutos, que esas construcciones que se quieren portadoras de la verdad revelada y que suelen utilizar retóricas en las que se esfuman todos los matices. Democracia y política se entraman allí donde habilitan la compleja relación entre conflicto y consenso, entre afirmación de las convicciones y aceptación de la diferencia. Pero, y esto es algo central y decisivo, la democracia, allí donde sigue vigente el litigio por la igualdad, es decir, allí donde los incontables de la historia siguen habitando la geografía de la injusticia y de la desigualdad, no puede ser el ámbito de una consensualidad negadora de esta conflictividad, no puede desconocer que desde el fondo de la vida social se sigue gestando una política de la reparación que, si busca la luz del día, sabrá de intereses corporativos que intentarán, por diversos medios, muchos non sanctos, impedir que la equidad se abra paso en el interior de una sociedad atravesada por enormes deudas impagadas con los sectores más vulnerables."

Más allá de la lógica del olvido a la que son tan afectos los representantes del establishment económico-mediático, resulta imprescindible destacar la relación directa que existe entre los intentos de golpe de mercado, el frenesí especulativo asociado con el bombardeo implacable de los grandes medios de comunicación que buscan alimentar la imagen de la catástrofe tan deseada, y el vaciamiento de la propia democracia y de sus instituciones. Deslegitimar, horadar, debilitar, condicionar son algunas de las variables que habitan las acciones de las corporaciones económicas. Su objetivo ha sido y sigue siendo impedir que se consolide un proyecto distribucionista, un proyecto capaz de disputar, como no se lo hacía desde hace muchísimo tiempo, el poder material y simbólico. Sobre eso quisiera destacar algunas cuestiones que cruzan lo político y lo económico.
La democracia, lo he escrito en varias ocasiones, no es algo cerrado ni anquilosado que se sustenta pura y exclusivamente en el ritual (imprescindible) del voto cada dos años; es el orden de lo que está continuamente en movimiento, de aquello que tiene que lidiar con la diversidad, la multiplicidad y las desigualdades de una sociedad en estado de litigio. Como decía el teórico político Claude Lefort, la democracia es el orden que se reinventa a sí mismo, que sabe de sus limitaciones y de sus opacidades pero que también ha comprendido en profundidad lo que significa construir un espacio compartido por cuerpos ciudadanos disímiles y muchas veces en disputa. Nada más antagónico a la democracia, a su falibilidad, que los absolutos, que esas construcciones que se quieren portadoras de la verdad revelada y que suelen utilizar retóricas en las que se esfuman todos los matices. Democracia y política se entraman allí donde habilitan la compleja relación entre conflicto y consenso, entre afirmación de las convicciones y aceptación de la diferencia. Pero, y esto es algo central y decisivo, la democracia, allí donde sigue vigente el litigio por la igualdad, es decir, allí donde los incontables de la historia siguen habitando la geografía de la injusticia y de la desigualdad, no puede ser el ámbito de una consensualidad negadora de esta conflictividad, no puede desconocer que desde el fondo de la vida social se sigue gestando una política de la reparación que, si busca la luz del día, sabrá de intereses corporativos que intentarán, por diversos medios, muchos non sanctos, impedir que la equidad se abra paso en el interior de una sociedad atravesada por enormes deudas impagadas con los sectores más vulnerables.

La democracia, en todo caso, es el territorio que demarca lo infranqueable, el límite que no se puede ni se debe pasar a la hora de respetar la pluralidad, la libertad, el derecho a tener las mismas oportunidades y a una vida digna, la proliferación de subjetividades diversas y complejas, los intereses contrapuestos y el derecho a ser protegido, sea cual fuere la condición social, por la ley común a todos que también debiera incluir la distribución más justa de los bienes socialmente producidos. Cuando algo de esto se debilita o falla, la que está en riesgo es la propia democracia.

Estas apresuradas reflexiones tienen un objetivo simple y surgen, a su vez, de una inquietud: el objetivo es tratar de indagar por las estrategias de una oposición política-económica que, la mayoría de las veces, se muestra como cultora, aunque lo niegue, de una lógica de la guerra haciendo del Gobierno el gran enemigo al que hay que batir implacablemente. Y la inquietud surge de esa gestualidad guerrera y de esas retóricas de la catástrofe que se visten con los ropajes de la legalidad republicana pero que –y allí se va conformando la inquietud– tienden a horadar y a deslegitimar el derecho constitucional del Gobierno a gobernar. Y lo hacen, ese ejercicio que suele bordear lo destituyente, alardeando de sus inmaculadas virtudes democráticas y de ser portadores de una ética de la responsabilidad. En alianza con la corporación mediática, su verdadera fuente de ideas y de estrategias discursivas, buscan limitar a un gobierno elegido para desarrollar un proyecto del que se podrá discutir si es bueno, regular o malo pero que fue presentado antes de las elecciones y fue desplegado con enorme coherencia en los años subsiguientes, tal vez como no lo ha hecho ningún otro gobierno desde la recuperación de la democracia en el ’83. Es contra esa coherencia contra la que se alzan las voces coléricas e intransigentes de una oposición que respeta muy pocas reglas de la propia democracia que dice defender. Apenas si nos sorprende el silencio de radio de quienes se dicen defensores de la democracia mientras los grandes grupos económicos intentan, por distintos medios, reconstruir su hegemonía absoluta utilizando los recursos del terror mercadolátrico. Lo que no sabe o no le interesa saber a cierto sector de la oposición que se autoproclama como progresista es que el triunfo del golpe especulativo sólo conduce a la bancarrota de la vida democrática y a la humillación de las instituciones de la república, además de lanzar, de nuevo, a millones de compatriotas a la pobreza, la indigencia y la desocupación.
 
Constituye una regresión democrática la transformación de la mayor parte de la oposición en mera correa de transmisión de los intereses de las grandes corporaciones. En ese proceso de cooptación lo que se vacía es el lugar de la política y de aquellos partidos que eran portadores de antiguas y venerables tradiciones pero que, en los últimos años, se han ido empobreciendo hasta secar sus raíces y volverse funcionales a los dueños del capital, de las tierras y de los grandes medios de comunicación.   La estrategia de la restauración conservadora sigue siendo la misma: un cóctel de corrida cambiaria, asalto a las reservas del BCRA, aumento brutal de los precios, catastrofismo con un complemento de la tan declamada ineficiencia y corrupción gubernamental más una pizca de “sutil” campaña mediática dirigida, fundamentalmente, hacia los estratos medios siempre sensibles ante esos escenarios de incendio inminente al que son tan afines los grandes medios de comunicación. Pero para que el sabor sea más “original” y encuentre más y mejores consumidores se le agrega, en abundante sazón, la sabiduría, tantas veces expresada con infatigable elocuencia por los “economistas” del establishment, esos mismos que durante un par de décadas se dedicaron, full time, a desparramar su visión neoliberal al mismo tiempo que exigían, con vehemencia de guerreros cebados, la desarticulación del Estado, máximo responsable de la decadencia nacional. Como buenos intelectuales orgánicos al servicio del capital concentrado no han cesado en su prédica que no tenía ni tiene otro objetivo, además de suculentos honorarios, que beneficiar a sus generosos mecenas.
Como un calco hoy vemos de qué modo se multiplican en Europa los mismos argumentos y las mismas discursividades cínicas, esas mismas que taladraron oídos y conciencias durante años hasta que la brutalidad de lo evidente, el estallido de la mentira, dejaron sin palabras (al menos por un tiempo) a los cultores de la “inexorabilidad” económica. De todos modos, la hegemonía cultural conquistada en los últimos 30 años por el neoliberalismo sigue, todavía, dominando el sentido común de la mayor parte de Europa y permanece en el inconsciente de un amplio sector de nuestros estratos medios que han elegido, con recurrencia patológica a lo largo de nuestra historia, a sus verdugos. La persistencia de un modelo ideológico-cultural, cuyo núcleo propulsor hay que ir a buscarlo a la industria de la comunicación, la cultura y el espectáculo, señala la debilidad de cualquier proyecto alternativo que no sea capaz de disputarle al sistema en el terreno de los lenguajes y los relatos cultural-simbólicos. Tal vez ese sea uno de los motivos de la virulencia con la que buscan, desde los medios hegemónicos, desacreditar la innovación discursiva del kirchnerismo allí donde ha logrado, aunque aún de manera parcial, resquebrajar la visión del mundo neoliberal. Subestimar la potencia de fuego del establishment es algo que no se debe hacer bajo pena de pagar un precio muy alto.

Sin ninguna contemplación para la salud de la ciudadanía ni mucho menos para su propio pudor, reiteran, como si fuera un mantra que los acompaña desde el origen más remoto, el recetario gastronómico capaz de aportar, eso siempre nos han dicho mientras preparaban un menú indigesto para las mayorías populares y para las propias clases medias que suelen escucharlos con pasión, milagros curativos: control del “gasto” social –siempre desbocado, clientelar y responsable de todos los males imaginables–, liberación de las tarifas, desregulación de la economía hoy dominada por los últimos representantes antediluvianos, eso dicen sin sonrojarse, del socialismo bajo el disfraz del chavismo, aplanamiento de los salarios –generadores, al aumentar desaforadamente, cómo podía ser de otro modo bajo un oficialismo demagógico, de la espiral inflacionaria–, autonomía real del Banco Central que, eso proclaman, debe ser la garantía contra el envilecimiento de la moneda y el uso indebido de las reservas –con un monetarismo a prueba de incendios dirigen todos sus dardos contra la actual presidenta que, por primera vez en décadas, ha puesto al Central en consonancia con un proyecto acorde con los intereses nacionales–, endeudamiento externo disimulado con la etiqueta de “volver al mercado de capitales” ávido de “ayudar” al país para reencontrar el rumbo perdido que nos estaba conduciendo, antes de la llegada del malsano populismo, hacia las costas doradas del Primer Mundo.

Mientras estas cosas dicen y reclaman los “economistas” del establishment, cultores de una “sana ortodoxia” que sale a combatir, cual cruzados, al demonio intervencionista, es tarea de los medios concentrados esparcir el pánico multiplicando las señales de hundimiento cuyo emblema máximo es, como en otras coyunturas nacionales, la sacrosanta moneda estadounidense transformada en el máximo fetiche de nuestros desinteresados ahorristas. Nada dicen de la puja por la renta, menos de la tendencia, ya convertida en una segunda naturaleza, a la fuga de capitales que llevan adelante, con sistemática impunidad, los grandes grupos económicos, esos mismos que acompañaron, con hombres e ideología, primero a la dictadura militar (punto de inicio del proceso de desindustrialización, de endeudamiento y de mutación hacia la “valorización financiera”, eufemismo que esconde la estrategia de vaciar de recursos al Estado nacional al mismo tiempo que se lo utiliza para endeudarse y conducir esos miles de miles de millones de dólares no hacia inversiones productivas sino hacia el monumental negocio de la especulación financiera que se convirtió en el eje de un ciclo que culminó, haciendo estallar el país y a la sociedad, en diciembre de 2001) y luego a la experiencia más destructiva, en términos sociales y económicos, que padeció la Argentina a lo largo de su historia democrática y que nació del travestismo menemista y de la refinada teoría pergeñada por Domingo Cavallo desde la Fundación Mediterránea.

La radical extranjerización de la economía, multiplicada durante la década de los ’90, fue la frutilla del postre tan festejada por los intelectuales orgánicos de la derecha vernácula y aceptada con resignada pasividad por algunos de nuestros progresistas obnubilados por el despliegue hegemónico de la pospolítica, la posideología y la poshistoria que vino de la mano del predominio planetario de la globalización. Muchos de esos desgarrados progresistas que en los ’90 aceptaron como un fenómeno irreversible la llegada del fin de la historia y de la muerte de las ideologías, son los que hoy descargan su resentimiento contra el kirchnerismo que, entre otras cosas fundamentales, ha logrado conmover ese fatalismo ahistórico que dominó a nuestra sociedad en los años finales del siglo XX. Todavía no hemos podido salir de esa pinza perversa que mantiene, en gran medida, capturado al aparato productivo favoreciendo tanto la concentración monopólica con la consiguiente estructura de formadores de precios que chantajean con la espiral inflacionaria, como la fuga de capitales amparados en la remisión de ganancias a las casas matrices que, como todos saben, hoy están ávidas de divisas (no importa que sean dólares devaluados) que compensen la crisis por las que atraviesan las economías de los países centrales.

Tarea mayúscula del kirchnerismo, y de su gobierno, seguir revirtiendo, con nuevas y originales herramientas y decisiones, este proceso de extranjerización (la recuperación de YPF ha sido fundamental a la hora de reparar el daño que no ha sido sólo económico sino que también atravesó la dimensión cultural-política, mostrando que hay decisiones que van mucho más allá de lo pragmático para redefinir las estrategias del desarrollo y para corregir el rumbo). Difícil será impedir los golpes especulativos si al mismo tiempo no se atacan las causas que los favorecen. La disputa por la renta (en su diversidad) bajo la perspectiva de una distribución más equitativa, la superación del modelo legal que sigue favoreciendo al sistema financiero y que lo arrastramos desde la infausta época de Martínez de Hoz, la imprescindible intervención gubernamental en los nudos principales de la comercialización interna y externa, la consolidación de una unidad sudamericana últimamente debilitada por algunas ausencias decisivas (Kirchner y Chávez) y el fortalecimiento del rol regulador del Estado son algunos de los núcleos indispensables para hacerles frente a las conjuras y conspiraciones de los poderes corporativos que, eso lo sabemos, siempre están esperando su oportunidad.

Nuestros economistas neoterroristas, cultores del espanto y anunciadores del Apocalipsis, sueñan con convertirse en los garantes de la libertad de mercado y en los ejecutores de aquellas políticas que devuelvan al país a la senda de la “racionalidad económica” de la que nunca debió haber salido. Para eso cuentan con el respaldo conspirativo y desestabilizador de los grandes grupos económicos que, tal vez como nunca se había visto con tanta claridad, operan desembozadamente contra los intereses del conjunto del pueblo argentino.
  Fuente:veintitres.infonews.com

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