12 de enero de 2014

La Campaña de La Nación

Un siglo y medio apoyando un genocidio.El diario de Mitre reivindicó la tarea de Roca, afirmó que los mapuches no son un pueblo originario argentino y criticó el revisionismo de la historiografía liberal. La respuesta de los historiadores.

En su edición del domingo 5 de enero, el diario La Nación volvió a la carga, molesto. Resulta difícil saber si fue por convicción histórica, pero la llamada Campaña del Desierto regresó una vez más a sus páginas a través de un polémico editorial publicado un día después de conmemorar sus 144 años en la calle. El texto, titulado “Militancia e ignorancia”, cuestiona la corriente revisionista de esa porción de nuestra historia que duele por varios motivos: el exterminio y desplazamiento de varios pueblos nativos y el robo de sus tierras en favor de autores materiales e intelectuales. 

“Reiteradamente hemos señalado desde estas columnas que distintas figuras históricas han sido demonizadas, presas de la lamentable intolerancia reinante en los últimos tiempos. Entre ellas, la de Julio Argentino Roca, fundador del Estado argentino moderno y a quien le debemos que la Patagonia sea argentina”, comienza argumentando el editorial, que muestra un antiguo mapa norteamericano realizado en 1860 y justifica que “permite observar que, para los Estados Unidos de América, la Confederación Argentina no comprendía a la Patagonia, pues fijaba claramente el límite meridional de nuestro país en el Río Negro”. El editorial tiene varios enfoques. Apunta a lo territorial, defiende la campaña y critica la revisión histórica de manera directa. También, pone en duda la existencia de tribus. “La etnografía da cuenta de diversas tribus originarias de la Patagonia argentina. Ninguna de ellas bajo el nombre de ‘mapuche’. Los mapuches a los que derrotó Roca no eran ‘pueblos originarios’ de la Patagonia, sino ‘invasores’: eran araucanos que provenían de Chile y que habían aniquilado a los verdaderos pueblos originarios, los tehuelches.” 

 
Es posible que, como a muchos, a La Nación le haya molestado el emplazamiento de un árbol de Navidad de ocho metros que ocultó la estatua de Roca en el Centro Cívico de Bariloche. Pero aprovechó para arremeter contra un grupo de historiadores, como ya lo hizo en oportunidad de la firma del Decreto 1880/2011. Aquella norma, que creaba el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, puso en alerta al diario ante el peligro de un “pensamiento único”. Veintitrés se propuso consultar a varios historiadores y a un miembro de la comunidad mapuche sobre los hechos acontecidos en los años ’70 del siglo XIX y sus secuelas para comprender el interés del matutino en sostener esa visión. “El argumento del nacionalismo territorial sobre la Patagonia, y la ridícula imputación a los mapuches de ser agentes de un imperialismo chileno, no pueden justificar la forma en que se ejecutó la conquista de las pampas, violando por cierto la Constitución vigente que ordenaba conservar el trato pacífico con los indios –sostiene el historiador Hugo Chumbita–. En tiempos de Roca, la Constitución se invocaba cuando convenía y si no se ignoraba. Tal como sigue haciendo la tribuna de doctrina de La Nación, cuyos editoriales suelen pontificar mucho sobre la democracia constitucional, pero siguen reivindicando el ejemplo de este gobernante que, electo y reelecto por el fraude, quiso perpetuar con esos mismos métodos la época de la más cruda y cínica oligarquía y a esa época quieren volver”. Para Fabián Harari, la Campaña fue motorizada por la burguesía y determinó dos procesos: “La proletarización masiva y forzosa de población que vivía en sociedades sin grandes diferenciaciones de clase y la expropiación de tierras, que permitió ampliar la escala productiva de la agricultura pampeana. Estamos ante el punto final del proceso de acumulación originaria, comenzado en 1810, que permite el desarrollo capitalista. Ese fue el sentido de la masacre: matar y amedrentar a quienes se resistían.” 
 
En 1877, Julio A. Roca se convertía en ministro de Guerra del presidente Nicolás Avellaneda. En 1878 se sancionaba la Ley 947 por la que se destinaban 1.700.000 pesos para realizar incursiones que llevaran la frontera hasta los ríos Negro y Neuquén. Roca cabalgó junto a seis mil hombres y un año después, el plan había dado resultado. Cuarenta y dos millones de hectáreas les eran quitadas a los pueblos nativos para ser repartidas entre 1.800 nuevos propietarios. El costo en vidas humanas para las diferentes tribus se elevó a 15 mil, mientras que igual cantidad era entregada como servidumbre a cientos de familias, o bien como esclavos. “Roca utilizó flamantes fusiles Remington que dieron cuenta fácil del primitivo armamento de los aborígenes: su resultado fue el exterminio de los indígenas patagónicos, que algunos llaman genocidio”, afirma Mario Rapoport, que da algunas pistas sobre el destino de las tierras, las que “se habían preadjudicado por un empréstito financiado por grandes terratenientes, comerciantes e inversores extranjeros. Los Martínez de Hoz, por ejemplo, recibieron 2.500.000 de hectáreas.”
 
Según La Nación, “no fue una cruzada contra el indio, sino una maniobra militar tendiente a excluir a Chile de la Patagonia, barriendo cualquier aspiración de apropiación por parte del país… el general Roca tenía por objeto derrotar a las tribus de origen chileno, instrumento de empresarios trasandinos”. Durante una entrevista realizada hace tiempo, el periodista e historiador Osvaldo Bayer había afirmado que “no hay comprobación histórica de que los mapuches se peleaban con los tehuelches. Son cuentos inventados por escritores patagónicos a principios del siglo pasado”.   “No se puede discutir la pertenencia de las familias originarias, independientemente de su ser mapuche o tehuelche, a un territorio ancestral sobre el cual se instaló el Estado argentino: fue mapuche y tehuelche antes de ser argentino”, opina Jorge Nahuel, vocero de la Confederación Mapuche de Neuquén. “La ciencia antropológica más rigurosa plantea como un sinsentido querer hacer coincidir pertenencia étnica y nacionalidad, porque son conceptos colectivos de diferente tipo que no se afirman ni se niegan mutuamente.” 
 
La figura de Roca es, a 135 años de concluida la Conquista, objeto de compulsas entre sus defensores y quienes lo consideran un genocida. Además de la construida en 1940 a orillas del lago Nahuel Huapi, se levanta una estatua en el centro porteño; varias agrupaciones luchan por reemplazarlas. En diciembre de 2012 y durante una muestra en  Bariloche llamada In Situ, uno de los artistas construyó un puente de madera que pasaba por sobre el bronce de Roca. El dos veces presidente argentino gritó a los cuatro vientos, poco antes de emprender la marcha hacia las pampas: “Destruyamos pues, moralmente, esa raza; aniquilemos sus resortes y organización política, desaparezca su orden de tribus y si es necesario, divídase la familia”. En su editorial, La Nación lo defiende. “La absurda e interesada militancia en contra de Roca no hace más que tergiversar los hechos para instalar un discurso fruto de la ignorancia y la intolerancia” 

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  Opinión
 
Ignorancia o convicción
 
Por Araceli Bellota  Historiadora y escritora
  Hace 144 años que el diario La Nación custodia el relato de la historia que su fundador Bartolomé Mitre instaló para todos los argentinos: una historia sesgada, mirada desde Buenos Aires y aislada de América Latina, construida por una minoría aristocrática que excluye cualquier participación popular decisiva, y orientada a justificar la alianza con Gran Bretaña del nuevo estado liberado de España.
 
El discurso que tanto los horroriza en contra de Roca debería ampliarse a toda una clase dirigente que, a partir de 1853, instauró un modelo de país que condujo la construcción del estado nacional en el sentido que Mitre había designado como fundacional. Roca no hizo más que plasmar en los hechos la cantidad de leyes que se habían votado en el Congreso Nacional para dominar a los pobladores originarios desde la presidencia del mismo Mitre y que atravesaron las de Domingo F. Sarmiento y de Nicolás Avellaneda, que dio impulso a la llamada “Campaña del Desierto” que encabeza Roca.
 
Fue Mitre con sus libros quien instauró la concepción de que la emancipación argentina fue el resultado de una gesta realizada por una minoría ilustrada porteña, liderada por grandes hombres como San Martín y Belgrano vaciados de contenido. Se cuidó muy bien de diluir el reconocimiento de estos próceres a los pueblos originarios como verdaderos dueños de estas tierras. Mitre, quien inauguró la construcción erudita del relato de la historia, tuvo mucho empeño en obviar los datos en los que ambos próceres se reconocen como americanos y luchan por mantener la unidad de Sudamérica en la emancipación de España. Es Mitre quien a través de su relato de la historia no hace más que justificar su propio gobierno (1862-1868) y su política de libre importación, el predominio de la oligarquía y de Buenos Aires sobre las provincias, y su alianza con Gran Bretaña, iniciando a la Argentina en un nuevo camino de colonialismo. 
 
Roca no hizo más que terminar este proceso de exterminio de los pobladores originarios que habían sido, junto con los criollos, los que mayoritariamente integraron los ejércitos de la independencia, y que terminó de consolidar el  predominio oligárquico con el reparto de la tierra. 
 
Para apoyar sus argumentos con el respaldo de una “nación civilizada”, el editorialista no hace más que utilizar las armas que aprendió del fundador: apela a un mapa confeccionado en 1860 y siente que su argumento se valida nada más que porque “para los Estados Unidos de América, la Confederación Argentina no comprendía la Patagonia”. Llama mucho la atención que Mitre, quien construyó su relato a partir una rigurosa base documental; y que el editorialista, que califica como “ignorantes e intolerantes” a quienes intentamos completar esa historiografía parcializada, no supieran que en 1813 el general Belgrano recibió como tributo una Tarja o Escudo con que las damas de Potosí reconocieron su lucha por la independencia. En esta pieza se puede observar el contorno de la América del Sur con las islas Malvinas incluidas. Se exhibe en el Museo Histórico Nacional que Mitre llegó a visitar poco después de su fundación. El editorialista puede hacerlo en el presente. 

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  Opinión
 
El crimen que fue negocio
 
Por Osvaldo Bayer Periodista, historiador, escritor
  En un editorial del diario La Nación se critica abiertamente a quienes desde hace más de una década luchamos por quitar el Monumento de Roca del centro de nuestra ciudad. Se basan en los argumentos de un sector oligárquico de la época para justificar uno de los crímenes más feroces cometidos por quienes ejercieron el poder en nuestro país. En contradicción con los ideales de Mayo y de la Asamblea del año 1813, el diario de los Mitre nos llama intolerantes e ignorantes. En nuestro libro Historia de la crueldad argentina, escrito por diez historiadores, están las pruebas legítimamente históricas de que Roca –y su presidente Avellaneda– cometieron un verdadero genocidio, restablecieron la esclavitud en 1879 cuando esa esclavitud había sido derogada, y repartieron la tierra conquistada entre los estancieros de la época. Les recomendamos al director de La Nación y a todos sus periodistas que lean un diario de aquella época: la edición del 18 de noviembre de 1878, bajo el título “Impunidad”, publicó: “el Tres de Línea ha fusilado, encerrados en un corral, a sesenta indios prisioneros, hecho bárbaro y cobarde que avergüenza a la civilización y hace más salvajes que los indios a las fuerzas que hacen la guerra de tal modo sin respetar las leyes de la humanidad”. Parece que en La Nación ya ni leen sus propias crónicas. Otro ejemplo: Roca escribe al gobernador de Tucumán “que se reemplacen los indios holgazanes y estúpidos que traen desde el Chaco, por pampas y ranqueles”. Nada menos que Charles Darwin escribía escandalizado: “Si bien se asesina a sangre fría a todas las mujeres indias que tienen más de veinte años de edad, se perdona a los niños, a los cuales se venden o se dan para ser criados domésticos, o más bien, esclavos”. En todos los diarios de la época están los avisos oficiales donde se anuncia el reparto de indios, donde se reparten los hombres como peones y las chinas como sirvientas. El crimen fue un perfecto negocio. La Sociedad Rural, que cofinanció la campaña de Roca, recibió 41 millones de hectáreas de tierra repartidas entre 1843 estancieros socios. El mismo Roca se quedó con miles de hectáreas en el sur de la provincia de Buenos Aires, donde fundó la estancia “La larga”. Todo se puede comprobar en documentos de la época. Los argentinos debemos avergonzarnos y no levantarles monumentos a los autores del crimen.    Fuente:veintitres.infonews.com

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  Roca, un patriota
 
Por Fabián Harari Doctor en historia
  ¿Fue Roca un patriota? Quienes lo defienden, como La Nación, pretenden negar la masacre que representó la campaña de 1879 y las barbaridades documentadas en los partes de guerra. Quienes lo demonizan, asumen estos hechos, pero le quitan vínculos con los intereses nacionales. Ambos reivindican el nacionalismo: si es patriota, no puede ser genocida; si lo es, no es patriota. Los intereses sociales quedan, así, relegados. En definitiva, la Campaña al Desierto fue una intervención que favoreció la creación de la Argentina. Claro, de una Argentina capitalista, que no es de todos ni para todos. En ese sentido, Roca fue un digno representante de la clase explotadora. Y un patriota, lo que para los socialistas no es ningún elogio.

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  Voluntad de exterminio
 
Por Gabriel Di Meglio Doctor en Historia
  El argumento de que al ocupar la Patagonia, Roca se anticipó a que lo hiciera Chile es real, pero eso no implicaba necesariamente destruir a la población indígena. Porque no fue la campaña militar la que provocó la mayor cantidad de víctimas sino lo que vino después, cuando los vencidos fueron encerrados en campos de detención, las mujeres violadas, los niños separados definitivamente de sus padres, los nombres suplantados a la fuerza por otros cristianos y los prisioneros usados como mano de obra casi esclava. Esa voluntad de exterminio no tuvo nada que ver con la competencia con Chile y no admite justificaciones retrospectivas.

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  Terrorismo de Estado
 
Por Jorge Nahuel Vocero de la Confederación Mapuche de Neuquén
  Esta mentira se construye hoy, como argumento ante la demanda territorial del Pueblo Mapuche. Y se construyó ayer, como justificación ideológica de las campañas militares. Es el caso de Estanislao Ceballos, promotor e “intelectual orgánico” del roquismo, quien pagado por el Ministerio de Guerra, escribió sobre un territorio y una población que no conoció y creó un “enemigo extranjero” para lograr el visto bueno al terrorismo de Estado que desató Roca contra los mapuche. Para la misma época, se desato la persecución en el lado chileno, bajo el pretexto del origen pampeano prehistórico (“argentino”) de los “araucanos” (es decir, nosotros, los mapuche).

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  Un siglo y medio con la clase dominante
 
Por Hugo Chumbita Historiador
  No sorprende que La Nación, que lleva casi un siglo y medio guardando las espaldas de los próceres de la vieja clase dominante, insista en defender los monumentos del fundador del “Estado argentino moderno”; de la república liberal y mercantil de 1880, cuando se aniquiló al interior federal y a los pueblos indios para repartir la tierra entre pocos y convertir al país en el granero y mercado de Inglaterra. Un pequeño sector de nuestra sociedad, seguramente lectores de ese diario, quedó eternamente agradecido al general Roca por haberle concedido tantas leguas de campos a precios irrisorios, o gratis, en las fabulosas operaciones de bolsa, remates y premios con que se privatizaron las tierras conquistadas.

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  Cartografía interesada
 
Por Mario Rapoport Economista e historiador
  En cuanto al tema de la Patagonia la cartografía de la región, hecha en EE.UU. o Inglaterra, países con intereses en ella, no son pruebas suficientes para reconocer que las mismas pertenecieron alguna vez a Chile. Los documentos existentes de la época de la colonia señalan su pertenencia al Virreinato del Río de la Plata. Pero setenta años de guerras civiles, la concentración de las riquezas en la Pampa Húmeda y en el Litoral y la no conformación de un gobierno Nacional, sobre todo por responsabilidad de los gobiernos de Buenos Aires, hicieron que esas tierras quedaran semiabandonadas, alimentando las aspiraciones de los chilenos por poseerlas.    

 

09.01.2014  

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