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24 de octubre de 2014

El juez Panseri refutó impugnaciones

El magistrado tuvo tres cuestionamientos. Pero no se amedrentó. Hubo quejas y gritos. Pero salió airoso de sus detractores.

El juez Eduardo Panseri refutó ayer en el Senado las tres impugnaciones que cuestionaron su postulación al Superior Tribunal de Justicia. Durante una hora y media el magistrado desacreditó las acusaciones de cada uno de sus detractores y ratificó la simpatía de la que goza de cada uno de los senadores. Hubo momentos de tensión, gritos y dedos acusadores como pocas veces se vio en una audiencia pública. El pliego será ahora analizado en comisión y todo indica que la semana que viene el elegido del gobernador Ricardo Colombi se convertirá en el nuevo ministro de la Corte.  El magistrado ingresó al recinto a las 12.59. Sus verdes ojos saltones y una sonrisa dibujada de oreja a oreja interpelaron a todos los legisladores y a una inhabitual muchedumbre que se agolpó para darle apoyo.  Una carpeta amarilla desentonaba con el oscuro traje y la corbata morada que lució. No dejó de repartir sonrisas y besos. Era una celebridad. Todos se acercaron a saludarlo.  Mujeres con mucho maquillaje lo abrazaron. Lo felicitaron. A la distancia alguien le gritó algo. Correspondió el gesto con una burla: le enseñó la lengua y le guiñó un ojo. “Nunca vi a tanta gente apoyar a un juez”, diría al final la senadora radical Graciela Rodríguez. Era cierto.  El presidente del Senado, Gustavo Canteros lo convocó a ocupar su lugar tras la lectura de la resolución de la audiencia pública. Antes se anunció que fueron desestimadas a última hora las impugnaciones de Alberto Ruiz Díaz y Raúl Itkin. Panserí ocupó una banca a las 13:08. En su trayecto la senadora peronista María Inés Fagetti, que se retiraba del recinto, le dio un abrazo fraternal.  El magistrado se sentó de espaldas al puerto, de frente a los legisladores. Postura  correcta. La mueca de felicidad le resaltaban las arrugas de los ojos. "Le voy a borrar esa sonrisa y hacer que se ponga colorado", murmuró uno de sus detractores. Llamaron al primer impugnante: Telmo Fernández, secretario general del Sindicato de Trabajadores Judiciales. Cada uno tendría 10 minutos para manifestar su queja y para defenderse.  Fernández aclaró que no lo movía una cuestión personal, pero consideraba que la ética del candidato a presidir el máximo órgano judicial era cuestionable. Lo increpó por el caso Raúl Rolando "Tato" Romero Feris y lo acusó de ser el responsable de que el ex gobernador, sentenciado a 12 años de prisión por peculado y administración infiel, no estuviera preso.  Con dos dedos en la cien y la mejilla izquierda apoyada en palma de la mano, Panseri no se inmutó. Apunto algunas citas en una libreta y se dispuso a responder. Con parsimonia, explicó que el Tribunal que preside “emitió 1.222 resoluciones” y que él sólo estuvo en “el 83 por ciento”. “No firmé todas las resoluciones de la Cámara. El Código establece que sólo el presidente firma, pero deben estar presentes los demás jueces. No lo digo yo. Lo dice el código”, explicó con detallada mesura como si estuviera dando cátedra. "Además la defensa del acusado presentó a la Cámara una constancia de que habían elevado un recurso a la Corte Suprema de Justicia y hasta que la Corte se expida la sentencia en su contra no está firme. Se debe esperar. Fui el primero en promover la unificación de condenas. La conexidad de penas es un derecho, lo dije en 2003. Pero la unificación no está firme hasta que la Corte se expida", insistió.  Para  sepultar el tema, con el ceño fruncido y un dedo acusador, lanzó preguntas retóricas. ¿Dónde está la arbitrariedad, la imparcialidad? En las bancas todos asentían.  Eran las 13:30 y el turno del periodista Raúl Sotelo. Se sentó. No miró al impugnado. Pidió que la versión taquigráfica de su exposición sea girada a Diputados, al rectorado de la Unne y la Facultad de Derecho. Reinó el desconcierto. “Quién se cree este para pedir semejante cosa”, dijeron entre dientes dos mujeres cuarentones que simpatizaban con Panseri.  El periodista ahondó en la ética y la moral.  Los escuetos minutos se extinguían. Fue advertido. Inició la introducción a una nueva queja. Dijo que el impugnado "desconocía" los tratados internaciones y que desestimaba los derechos del niño. Canteros lo interrumpió. Su tiempo había acabado. Insistió. “Es una cuestión de ética. Tiene una demanda por alimentos. Una conducta impropia para un juez”, alcanzó a decir casi sin eco porque el micrófono había sido desconectado. Levantó la voz. Nada cambió. Debió retirarse.       El magistrado se acomodó el sacó. Estaba colorado, pero no se dejó invadir por el evidente malestar. “Resulta difícil responder a acusaciones infundadas.  Esta imputación es hacerme perder el tiempo. Nunca fui sancionado por mi trabajo docente. Pueden averiguar. No hay constancia de nada”, argumentó. “La (otra) reclamación no tiene verdad. Hay 72 firmas apócrifas en la demanda. Mi abogado lleva el caso. Mi intimidad implica a mi esposa y mis cuatro hijos. Nadie más". Se acercaba al final. Era el turno el último impugnante: Guillermo González del Castillo, también periodista. El desenlace fue caótico y casi cómico.       González del Castillo rompió todo los moldes. Se ubicó en las últimas bancas del recinto y fue directo al escándalo. Exigió explicaciones de por qué el Senado había dejado sin efecto la impugnación de Alberto Ruíz Díaz. "¿Por qué cambian las reglas del juego en un par de horas antes?", vociferó. Canteros intentó interrumpirlo y recordarle que sólo disponía de 10 minutos. Desaforado, el periodista le apuntó al Vicegobernador. “¡Quién es usted para decirme como debo hacer uso de mi derecho. Esto es una audiencia pública!", gritó desafiante. Canteros respondió: “Sólo le digo que tiene 10 minutos”. El impugnante salió al cruce: “No me levante la voz. ¿Quién es usted para gritarme? Un simple presidente de la Cámara de Senadores no me va decir que hacer”. Nadie entendía nada. Pero la situación fue cómica tanto que las carcajadas resonaron en el recinto. Panseri se descostillaba de risa y los senadores se miraban atónitos.  Debió interceder el senador Breard. "Me veo obligado a interferir para salvaguardar el honor de esta Cámara. La impugnación de Ruiz Díaz fue desestimada porque se cuestionó la decisión del juez en el caso Urbatec. Pero el Superior Tribunal ratificó el fallo del juez y el Consejo de la Magistratura desestimó las acusaciones hace años. Entonces entendimos que era una cuestión terminada y que no nos correspondía reflotarla", se justificó  a viva voz. González del Castillo no renunció a sus críticas hecha gritos. El tiempo se le había acabado. Se fue gritando. Ya no era gracioso. Aún es un misterio que le cuestionaba a Panseri. Prometió acudir a la Justicia.     El resto de la audiencia sólo sirvió para que el magistrado derrochara conocimientos. Hizo gala de su experiencia. El legislador peronista Ruben Bassi se jactó de haber sido su alumno y le pidió que repase su trayectoria. Pura vanidad.  Para cerrar ese ambiente de autoloas, el senador Roberto Miño, también peronista, esbozó una pregunta de principiante, de complacencia, para que el juez se luzca. Le preguntó sobre la reforma del Código Procesal Penal  y la policía judicial. Panseri dio cátedra, otra vez.   Todo terminaba. El juez se retiró airoso, tal como había ingresado. Pero antes de irse le revelaría a El Litoral que la ansiedad lo invadió todo el día. “Ahora ya está, crucé la valla. El miércoles se reunirán los senadores para analizar el pliego y lo tratarán. Ya está”, así se fue, no sin antes abrazarse con cada uno de los senadores. Todo un presagio.        Fuente:www.ellitoral.com.ar

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