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EL TIEMPO EN LA CRUZ

OPINIÓN

18 de noviembre de 2023

La maldición del voto

La raíz de la decadencia argentina según Milei.

Por Sandra Russo

En su propia presentación en el debate, que no fue muy comentada, Milei comenzó diciendo que este país está en decadencia hace cien años, una de sus frases fuerza. Vamos ahí. La década del 20. Hipólito Yrigoyen. Es un corte histórico diferente al del macrismo, que ubica el principio de la decadencia hace setenta. Perón.

Macri encarna perfectamente al antiperonismo, y a los que construyeron su identidad política en negativo, el anti, en lugar de hacerlo por el otro lado, por lo que les dio origen, que fue el primer acto terrorista masivo cometido en la Argentina contra civiles en la Plaza de Mayo. El antiperonismo ha sido el núcleo del odio argentino desde la década del 50. Hemos vivido inmersos en esa tensión desde hace efectivamente setenta años.

Milei es otra cosa, tan aberrante que era inimaginable. Representa un punto más alto de perversión ideológica, que contiene al antiperonismo pero que arranca de más atrás y de derechos más básicos. El voto universal, secreto y obligatorio. Milei habla de Yrigoyen, el primer presidente elegido bajo el imperio de esa ley, con más odio que de Perón.

“Hay que hacer un cambio de raíz”, dice. La raíz de la decadencia, según su lectura torva, fascista, mesiánica, es el momento en el que por cada persona, se contó un voto. La ley Sáenz Peña. Es ese derecho primario democráticamente hablando el que Milei ubica en su esquema mental como el principio de la decadencia.

Si Yrigoyen llegó al poder fue por eso. Porque por cada persona --cada varón, en rigor--, un voto. Un voto el patrón y un voto el peón. Como todos los grandes cambios (los verdaderos, porque esta palabra está enchastrada pero ellos no son los dueños de la lengua), en 1912 la Argentina se incorporó a los países democráticos del mundo, porque ése fue uno de los consensos fundantes de una época que se prolonga hasta hoy: la puesta en valor de un sistema de gobierno llamado democracia, regido por una Constitución que contiene las reglas que deben cumplirse y las garantías que el Estado asegura a cada habitante. Las desviaciones, las incompetencias, las contradicciones de ese sistema pueden discutirse y es más, deben discutirse, pero vuelvo al hilo. Un Yrigoyen sin una ley Sáenz Peña era imposible.

A Yrigoyen, en 1930, lo tumbó un fascista llamado Uriburu en el primer golpe de Estado que se perpetró en la Argentina y que fue convalidado por la Corte Suprema de entonces. Las elites habían encontrado su instrumento, el golpe militar, pero debieron instaurar una falsa democracia para guardar las formas y esa ficción dio comienzo a una práctica sistemática dada en llamar, como todos los dislates semióticos de la reacción, “fraude patriótico” (de la familia de la “revolución libertadora”, que les hizo avanzar su libertad de proscribir al peronismo).

Después de Uriburu, desde Justo, los votos se compraban, se vendían, los patrones llevaban a los peones a votar por quienes ellos elegían, los conteos eran de realismo mágico y esa década infame de democracia falseada también provocó una insatisfacción democrática que en el hilo de los acontecimientos terminó hartando a la mayoría del pueblo. Contra grandes adversidades, grandes acciones, ¿se acuerdan? De esa impotencia popular contra una democracia de una calidad nula habría de nacer el peronismo.

Si cuando analizamos nuestro pasado reciente partimos del mismo lugar en el que Milei explica la decadencia argentina, pero si el análisis lo hacemos no desde el lugar del capital, sino desde el lugar del trabajo, se ve la secuencia que inauguró un fascista en defensa de los privilegios del capital, y que en efecto dominó, década tras década, le dio sentido a la manera argentina por excelencia de rebelión popular contra la explotación de la hegemonía dominante. La manera peronista. El desconcierto que provocó el peronismo, que alteró el darwinismo social que para la oligarquía era una religión, dio paso al odio. En los de arriba, que pusieron en marcha una división social del trabajo que pondría a los del medio de su lado. Los de abajo se lanzaron a disfrutar cada resquicio de alegría que les era liberado. Esa felicidad selló el odio que aún perdura: lo que nunca ha soportado la reacción son los cuerpos peronistas, carnales, danzantes, predispuestos a la reunión festiva, mezclados con sus propios cuerpos rígidos y tensos, atenazados por el asco, en la calle, en las playas, en los espectáculos, en la vida pública. El mismo recorrido de odio que habían experimentado sus padres y abuelos ante la irrupción de Yrigoyen.

En esta escena actual, en la que vimos claramente cómo se fragua un autofraude, en la que presuntos “rebeldes” votan al mismo tipo por el que los torturadores presos piden permiso para votar, intervienen dispositivos nuevos e intensos. Pero esta coctelera de confusión, disparate, perversión y manipulación, encubre la misma disyuntiva de hace cien años. ¿Qué se hace con las mayorías inconvenientes? Se las estafa, se las engaña, se les miente, se las domina, se las aniquila. Lo que Milei llama “casta política” encubre el rechazo visceral no a “la política”, sino más específicamente a la política democrática. “Cada uno tiene el derecho de morirse de hambre”, dijo. El que habla de anticristo.

De ahí la escena patéticamente border de Lilia Lemoine sometida a las preguntas calmas y ubicuas de Laura Mayocchi, de la televisión pública. Un personaje turbio y desprovisto de herramientas intelectuales de cualquier tipo amenazando como una tirana desequilibrada a una trabajadora que no está comprada: la amenaza. Como las de los falcon verdes. Como las que le llegaron a Cecilia Moreau. O a Agustín Rombolá. O a Dolores Fonzi. Así hacen campaña los fascistas. No con la oferta de una vida mejor, sino con el terror.

La patria es la tierra santa. El lugar donde se inscribe nuestra historia y las de todos los que amamos. No se construye con monstruos que tiraban a los secuestrados vivos al río, ni con extraviados que purgan sus infiernos interiores usando a los demás. 

Fuente: www.pagina12.com.ar



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