Domingo 27 de Septiembre de 2020

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15 de agosto de 2018

Inseguridad: los arrebatos no cesan porque la policía y la Justicia están superadas

Los casos se repiten hora a hora en cada barrio de la ciudad. Los arrebatadores son por lo general jóvenes en busca de dinero fácil para consumir drogas o alcohol. Se movilizan más rápido que la policía. No discriminan sus víctimas, pero mochilas, maletines y carteras de mujeres son su objetivo. También roban celulares a mano armada. Desaparecen rápidamente y se cubren la cabeza con capuchas, bufandas o cascos de motociclista.

Una secuencia de delitos que podría decirse son de poca monta, se constituyeron en el principal problema para los vecinos. En una parada de colectivos, en una vereda solitaria o  hasta en el movimiento de seguidores, la sorpresa y velocidad de los arrebatadores pone en vilo la vida de las víctimas y hasta la de ellos mismos.

La policía actúa después. Cuando ya hay heridos o muertos. Antes, los delincuentes transitan sin ningún control por toda la ciudad. Buscan víctimas en barrios alejados de su residencia. Poseen motos de alto poder para escapar rápido, conseguidas mediante lo que recaudan de sus robos, o de la reventa de estupefacientes.

Se los ve pasar raudamente por las calles de tierra, delante de los patrulleros, sin que éstos los detengan, y sin siquiera despertar la sospecha de los mismos policías. Es fácil detectar sus intenciones. Pasan varias veces por el mismo sitio merodeando, van mirando el movimiento de las personas, se fijan en lo que llevan y una vez detectado su blanco, organizan el robo siempre con la misma modalidad.

El manual del motochorro parece ya estar escrito: atacar por detrás, agarrando el objeto a apoderarse, tironeandolo y tirando al suelo a la persona a fin de que lo suelte. Si no lo hace, arremeten con golpes en la cara, y huyen con el botín, hacia su compañero que lo espera en la moto a pocos metros.

Recorren la ciudad detectando adonde hay cámaras de seguridad, para evitar actuar en esos lugares. Si son detectados por los vecinos, buscan otro espacio, pero siempre atentos a sus víctimas.

Si bien el delito es "al voleo", tienen una rutina. A horas tempranas cuando comienza  a movilizarse la gente, adormiladas, o hacia la siesta. A media mañana solo lo hacen en lugares cercanos a lugares de pago o cobro.

Por lo general, al ser atrapados, sus datos ingresan al banco de datos policial y judiicial, por lo que son conocidos por los policias de Inteligencia Criminal, que tambien conocen sus movimientos, adonde viven, quienes son, y que hacen.

Pero la legislación les prohíbe detenerlos una vez liberados hasta que no cometan un nuevo arrebato, en especial si son menores, y como entran y salen por la puerta giratoria de la justica, vuelven a la calle para delinquir sin fin.

Es más, cuando son detenidos quedan en alguna comisaría, adonde se reúnen con otros "colegas", hacen alarde de sus hazañas, se ríen del sistema, y aprenden nuevas modalidades de robo y otros delitos. Mejor escuela es la que adquieren en el intercambio de experiencias. Se podría decir que el mismo sistema que los aprehende, los educa.

Por ahora, la inseguridad no tiene solución. La gente ya no denuncia porque si no recupera lo sustraído, no tiene sentido. Además el temor a una represalia por parte de los delincuentes está presente todo el tiempo. El denunciante debe dejar en el expediente de la denuncia todos sus datos, adonde vive, que hace, y esos datos son recabados por los denuciados para volver sobre sus víctimas.

Por ahora, y hasta que no haya una política que no sea solo de seguridad represiva, sino también preventiva, el problema continuará  y la sensación de que nadie cuida, estará latiendo en la ciudadanía. 

Fuente:www.nortecorrientes.com

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